
Baño de Bosque
- Formato
- Políptico de 8 piezas
- Técnica
- Acrílico sobre tela de tarlatán
- Medidas totales
- 4 × 5,50 m
Baño de Bosque nace de una búsqueda vinculada con la naturaleza, la memoria y la transformación. La instalación reúne paños suspendidos que construyen un territorio transitable, donde bosques y horizontes aparecen como fragmentos de una experiencia interior.
Las capas no funcionan como acumulación, sino como proceso. Cada tela modifica la percepción de la siguiente y convierte el recorrido del espectador en parte de la obra. La imagen nunca se ofrece completa: se revela de manera gradual, entre superposiciones, vacíos y transparencias.





Mi mundo es la naturaleza y allí se origina gran parte de mi obra. Aguas y bosques reaparecen a lo largo de los años como territorios interiores.
En 2013, una enfermedad neurológica —el síndrome del mal de desembarco— me dejó durante seis años con una sensación permanente de mareo y movimiento. Podría decir que viví navegando a la deriva sobre una canoa de troncos, atravesando mareas altas y bajas, mares calmos, mares agitados y también tsunamis.
Un día soñé con pisar tierra firme y desembarcar. Dejé de pintar mares y mujeres en el agua para empezar a pintar árboles y bosques, como un mensaje directo al universo, que supo escucharlo.
Hoy puedo elegir. Haber atravesado esa historia amplió mi horizonte y reforzó para mí el valor de la libertad creativa. Ya no pinto únicamente árboles y mares, pero sigo investigando las capas de la vida, las transparencias y sus profundidades.
Los bosques y los pantanos son escenarios que inspiran mi trabajo. En ellos encuentro una metáfora de la vida como proceso de descubrimiento, donde cada capa es un paso hacia lo desconocido.
El dibujo sobre las telas y la pintura con acrílicos aguados no son solamente una técnica, sino una necesidad de develar y revelar, de ir más allá de lo aparente. Es una pulsión que aparece en gestos espontáneos y abre posibilidades y recorridos inesperados.
Las capas en mi obra no representan poder, sino proceso. Cada una adquiere sentido en relación con la siguiente y actúa como un filtro que regula la necesidad de avanzar. Me pregunto cuánto conozco de aquello que observo, cuánto más queda por conocer y qué se esconde detrás de lo que miro.
Lic. María Carolina Baulo
Las obras de arte siempre cuentan mucho más que aquello que los artistas pretenden “decir”.
Baño de Bosque —nombre que alude a una práctica japonesa cuya clave radica en detenerse en los bosques para meditar— es justamente una obra que transmite un sentir, una pulsión vital, una emoción silenciada en la metáfora que encierran los paisajes de árboles y pantanos.
Si bien la artista Victoria Cantarelli entiende la obra como expresión de un proceso de descubrimiento de los enigmas de la vida, es también reflejo de aquello que, particularmente en ella, se presenta como un desafío: transitar lo incierto de los caminos acariciados por el agua; aquellos bosques y orillas que, en su aparente solidez, son capaces de ceder y transformarse en terrenos impredecibles, causar temor y activar una suerte de inestabilidad física y mental paralizante.
Para Victoria, el agua domina desde la ausencia. Se percibe latente y se filtra entre las capas superpuestas de dibujos de árboles pintados, que se elevan como columnas: papiros que soportan una caligrafía que coquetea entre la figuración y la abstracción y que se extienden formando un horizonte con perspectivas múltiples, entre telas mudas que dan aire a la lectura.
Sin embargo, aun sin certeza alguna, la mirada encuentra formas y figuras que nos afianzan en el recorrido visual.
La naturaleza, protagonista en esta pieza, se despliega en una gran instalación: un políptico donde el acrílico construye, sobre telas de tarlatán, visiones nutridas a partir de la imaginación creativa pero, ante todo, basadas en la profunda experiencia vital que lleva a la artista a pensar un escenario seguro, un remanso donde hacer pie.
Baño de Bosque nace de una imperiosa necesidad de conectar con un eje propio, con la posibilidad de habitar un lugar donde, para entrar, sea mandatorio entregarse, soltar amarras, dejarse atravesar por la energía de un bosque que respira, que resuena en su aparente quietud y que ofrece la maravillosa oportunidad de integrarnos en una inmensidad ingobernable.
Allí, paradójicamente, al reconocer esa casi infinita pequeñez, somos libres.
Esta obra es, quizás, el broche dorado de una búsqueda que pedía equilibrio y lo encuentra entre las raíces de árboles amorosos. Una etapa que se supera a sí misma al no necesitar ya garantías para ser, dando espacio a ese lugar donde mora esta obra de transición y augurando nuevos pasos, más firmes que nunca, sobre senderos en movimiento.